Dulce desastre

Como sabéis algunos, hace algunos años intenté escribir una novela corta – cortísima. Pero abandoné el proyecto. Ahora quiero recuperarlo y cada semana publicaré por aquí un capítulo. No sé cuántos serán y ni siquiera cuál será el desarrollo o el final de la historia. Quizás eso sea lo más interesante de todo. Espero que os guste. Mujeres de paso.
Eduardo se detuvo en seco cuando escuchó la llamada de Antonio. Giró sobre sí mismo, cerró la puerta del ascensor y desanduvo algunos pasos hasta encontrarse con el portero del edificio, que tenía entre manos un ramo de doce rosas amarillas.
- Mire, don Eduardo. Le han traído esto hace un par de horas, y como no estaba en casa me lo han dejado en la portería. ¡Una docena de rosas amarillas, ahí es nada! Seguro que es alguien que le felicita por lo del libro.
Eduardo ignoró por una vez la habitual advertencia que hacía a Antonio para que dejara de usar el “don” y le tuteara. Sólo tenía 28 años y cuando escuchaba aquello de “don Eduardo” le daba la sensación de que le cargaban 20 más a las espaldas. Se colocó la cartera en la mano izquierda y tomó el ramo sin la más remota idea de quién podría habérselo enviado. Sin mano libre que usar, tendría que esperar a llegar a casa para leer la tarjeta que ya había localizado en el centro de la composición.
En cuanto cerró la puerta de su piso, dejó caer la cartera y llevó las flores a la cocina. Allí llenó un recipiente de agua y las colocó con mimo, después de retirar la nota, para después ubicar el conjunto sobre la mesa de la entrada. Y entonces cogió el papel y se sentó en el sofá. Lo abrió con una mezcla de ilusión e incertidumbre y leyó en voz alta:
“Enhorabuena por el libro. Me debes una entrevista y una explicación. Tú decides el orden, y yo determinaré el lugar y la fecha. Si estás de acuerdo, llámame al número que figura al dorso de la tarjeta. Soy Sara.”
Eduardo tuvo que leer varias veces el texto para creérselo. Giró la tarjeta y efectivamente allí había escrito un número de teléfono móvil. Pasó el resto de la tarde pensando si debía llamar o no. Al final recordó que al menos sí había comprometido esa entrevista, aunque fuera hace mucho tiempo, así que se sintió obligado a hacerlo. Pero no estaba tan seguro de querer ofrecer explicaciones, o más bien de que Sara pudiera aceptar las que preveía que podía pedirle.
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